La comunidad organizada

Un 9 de abril de 1949, en la clausura del Primer Congreso Nacional de Filosofía en Mendoza, el presidente Juan Domingo Perón presenta por primera vez el concepto de “Comunidad organizada”; posteriormente publicado en versión libro. Allí, Perón presenta: los pilares fundamentales de la doctrina del justicialismo, que sirvieron de base para su plan de gobierno y la elaboración de la constitución de 1949, ya en vigencia en aquel momento.
Aquel discurso resulta un acontecimiento histórico de suma importancia, Perón afirma: 
“Nuestra acción de gobierno no representa un partido político, sino un gran movimiento nacional, con una doctrina propia, nueva en el campo político mundial.” . 
 
El objetivo de su disertación será expresar con claridad  “[la] idea sintética de base filosófica, sobre lo que representa sociológi¬camente nuestra tercera posición” 
Recordemos que en un contexto de finalización de la segunda guerra mundial en la que se tensan las relaciones entre el imperialismo norteamericano y el estatitismo soviético, Perón se posiciona frente a los asistentes al congreso y a partir de allí, frente al mundo,  con una tercera posición: 
“Nuestra “tercera posición” es, precisamente, la alimentada por la certeza de que el hombre tiene un destino superior al de su mero desenvolvimiento como resorte productor. 
(…)Nuestro hombre está de pie para una integración, no para una desesperanza. Está trabajando para una empresa de destino ético; su norte, en las relaciones con el Estado, es el impulso espontáneo de dividir el fruto. No puede odiar, porque le ha sido dado el amor. No puede sentir la “náusea”, porque se le ha mostrado, al fin, en el codo crucial de su visión, la imagen de su perfeccionamiento como individuo”  
Presenta la importancia fundamental de la realización individual en el seno de una comunidad que le permita dicho crecimiento:
“Si la felicidad es el objetivo máximo, y su maximación una de las finalidades centrales del afán general, se hace visible que unos han hallado medios y recursos para procurársela y que otros no la han poseído nunca. Aquéllos han tratado de retener indefinidamente esa condición privilegiada, y ello ha conducido al desquiciamiento motivado por la acción reivindicativa, no siempre pacífica, de los peor dotados. El egoísmo estaba destinado, acaso por designio providencial, a transformarse en motor de una agitada edad humana. Pero el egoísmo es, antes que otra cosa, un valor-negación, es la ausencia de otros valores, es como el frío, que nada significa sino ausencia de todo calor. Combatir el egoísmo no supone una actitud armada frente al vicio, sino más bien una actitud positiva destinada a fortalecer las virtudes contrarias; a sustituirlo por una amplia y generosa visión ética. 
Difundir la virtud inherente a la justicia y alcanzar el placer, no sobre el disfrute privado del bienestar, sino por la difusión de ese disfrute, abriendo sus posibilidades a sectores cada vez mayores de la humanidad: he aquí el camino.” 
“La humanidad necesita fe en sus destinos y acción, y posee la clarividencia suficiente para entrever que el tránsito del yo al nosotros, no se opera meteóricamente como un exterminio de las individualidades, sino como una reafirmación de éstas en su función colectiva”.
 
Una tercera posición que se organiza en torno a la propuesta de armonizar los intereses individuales y los colectivos:
“Nuestra comunidad, a la que debemos aspirar, es aquella donde la libertad y la responsabilidad son causa y efecto, en que exista una alegría de ser, fundada en la persuasión de la dignidad propia. Una comunidad donde el individuo tenga realmente algo que ofrecer al bien general, algo que integrar y no sólo su presen¬cia muda y temerosa.
(…)Si hubo épocas de exclusiva acentuación ideal y otras de acentuación material, la nuestra debe realizar sus ambiciosos fines nobles por la armonía.”
 
 
Con el objetivo en el bien común, con las acciones de gobierno destinadas a articular individuo y comunidad, el Estado tiene un rol fundamental para resolver esas tensiones entre los intereses individuales y lo colectivo. Se trata de un Estado llamado a intervenir con la finalidad de alcanzar la felicidad del pueblo:
 
“Importa, por tanto, conciliar nuestro sentido de la perfección con la naturaleza de los hechos, restablecer la armonía entre el progreso material y los valores espi¬rituales y proporcionar nuevamente al hombre una visión certera de su realidad. Nosotros somos colectivistas, pero la base de ese colectivismo es de signo individualista, y su raíz es una suprema fe en el tesoro que el hombre, por el hecho de existir, representa.”
 
“Nuestra comunidad tenderá a ser de hombres y no de bestias. Nuestra disciplina tiende a ser conocimiento, busca ser cultura. Nuestra libertad, coexistencia de las libertades que procede de una ética para la que el bien general se halla siempre vivo, presente, indeclinable. El progreso social no debe mendigar ni asesinar, sino realizarse por la conciencia plena de su inexorabilidad. (…) Esta comunidad que persigue fines espirituales y materiales, que tiende a superarse, que anhela mejorar y ser más justa, más buena y más feliz, en la que el individuo pueda realizarse y realizarla simultáneamente (…)”
 
Con la presentación de La Comunidad Organizada queda consolidada, también en la tradición del pensamiento político, las bases para la conformación de una nueva identidad política que irrumpió en nuestra historia nacional aquel 17 de octubre de 1945. 
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